Vivir en lugares grandes o pequeños… ¿Marca la diferencia a la hora de acceder a sustancias tóxicas?

Último domingo de agosto. Los huéspedes rezagados de la habitación que quedaba por arreglar entregan las llaves, arrojan el equipaje dentro del coche y se marchan del paraíso en el que decidieron disfrutar sus vacaciones de verano. El lugar puede ser cualquiera: una eco aldea entre las montañas de Galicia, una ciudad con vistas a la Costa Brava, el pueblo segoviano donde aún queda la casa familiar. Cuando el encargado del bar frente a la estación se despide de los últimos visitantes, ese lugar idílico cambia la marcha. La gente que habita ahí, y que ha estado haciendo un esfuerzo gigantesco por cubrir las demandas de cientos o miles de turistas que acuden durante el verano, sabe que los trabajos de temporada se acabaron. El modelo económico de los destinos turísticos de temporada es similar en Europa y el mundo, y condiciona a sus pobladores a unas dinámicas sociales que tienen sus propios problemas.

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A simple vista, se podría pensar que vivir en un lugar pequeño, apartado de la contaminación, el bullicio y las amenazas de la ciudad, es una buena decisión para criar a los hijos lejos de las amenazas de las drogas. Sin embargo, en las zonas rurales, o en los destinos turísticos en los que se experimenta un letargo durante la larga temporada baja, la ausencia de una oferta cultural estable y sostenida, así como la escasez de una oferta de actividades alternativas de ocio saludable, juega en contra en algunas ocasiones. 

En el famoso experimento del Rat Park, unos roedores de laboratorio tenían la opción de drogarse o de realizar actividades recreativas con distintos juegos. La experiencia comprobó que los ambientes estimulantes pueden ser aliados contra las drogas.

Aunque suene manida cualquier frase en la que se alaban los beneficios del deporte para combatir las drogas, es innegable el poder que tiene. Es sabido que, al realizar una actividad física, el cerebro libera dopamina, serotonina y endorfina, que son hormonas que nos hacen sentir placer, tranquilidad y felicidad. Adicionalmente, la práctica sostenida de un deporte exige compromiso, perseverancia y autocontrol, que son rasgos de los que adolecen los individuos con personalidades adictivas. Por último, muchos deportes, especialmente los  colectivos, ofrecen la oportunidad de establecer lazos sociales que giran en torno a una actividad positiva y saludable. Los individuos involucrados en estos grupos pueden operar en un determinado momento como colaboradores en la prevención del uso de drogas.

En el tipo de ambiente descrito arriba, no suelen ser tan escasas las posibilidades de desarrollo deportivo. Lamentablemente, no todos los jóvenes se interesan en el mismo tipo de actividades, y es muy frecuente que la adolescencia coincide también con un período de curiosidad intelectual. La buena noticia es que el mismo efecto protector que se puede obtener con el deporte se puede alcanzar con prácticas artísticas y culturales (como tocar un instrumento, pintar, participar en actividades literarias, etc.). La parte menos positiva es que, en entornos no urbanos, muchas veces no hay fácil acceso a las actividades que pueden cubrir estas inquietudes. 

La pretensión de vivir en una sociedad absolutamente libre de drogas o alcohol es cada vez menos alcanzable. En cambio, la prevención y la educación sobre sus efectos nocivos se perfilan como la alternativa más efectiva ante esta amenaza, esto es así tanto en entornos urbanos como no urbanos. Parte importante de las acciones preventivas deberían estar enfocadas a ofrecer a la población joven alternativas de experimentación y recreación que no atenten contra su salud, y que no puedan convertirse, potencialmente, en una dependencia.

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