Sustancias tóxicas y VIH

El virus de inmunodeficiencia humana (VIH), probablemente el virus que más conmocionó al planeta hasta la llegada del coronavirus, sigue siendo un riesgo real, y probablemente la enfermedad de transmisión sexual (ETS) más temida. Aunque el contagio ya no representa la muerte segura, sí significa un tratamiento de por vida y un cambio importante en el estilo de vida.

Gracias a todos los esfuerzos de educación y prevención que se han hecho, la tendencia  a nivel mundial es un descenso en el número de contagios. Entre 2001 y 2011, se registraron 20% menos casos. En España, «las tasas de nuevos diagnósticos de VIH son similares a las de otros países de la región Europea de la OMS, aunque superiores a la media de los países de la Unión Europea y de Europa Occidental».

Unaids.org/esEn España, se registraron 3244 casos nuevos en 2018, de los cuales el 56,4% fueron hombres que mantenían relaciones sexuales con hombres (HSH); el 26,7%, por relaciones heterosexuales (siempre con mayor prevalencia de hombres); y solo un 3,2% fueron contagios por inyección de drogas (PID). A simple vista, parece que las drogas, especialmente las no inyectadas, no juegan un papel importante en la transmisión del VIH; sin embargo, diversos estudios apuntan a otra cosa.

Las drogas inyectadas

En esta tipología de drogas, el riesgo está claro y existe un esfuerzo contundente en la educación relacionada con este factor. Aún así, el abordaje común es simplista. El riesgo de contagio no aumenta únicamente para las personas que usan drogas inyectadas, sino para sus parejas sexuales.

El riesgo de transmisión es considerablemente mayor para las mujeres que usan drogas inyectadas y son trabajadoras sexuales. Con frecuencia, estas mujeres se desempeñan como trabajadoras sexuales precisamente porque el consumo de drogas no les permite llevar una vida normal con un empleo estable; pero, además, suelen hacerlo para conseguir más droga o dinero que luego invertirán en drogas. Esto es lo que se conoce como la doble carga de enfermedad: el riesgo de contagio en este sector de la población es doble, por una parte, por el uso de drogas inyectadas y, por otra, por el trabajo sexual.

El tipo de intercambio sexual que se produce en estos contextos es generalmente de riesgo, puesto que no existe una continuidad en el uso de protección (motivada por los deseos del cliente y la falta de habilidades de negociación de la prestadora de servicios sexuales). Además, estas personas suelen tener relaciones sexuales desprotegidas con sus parejas habituales.

Viendo el cuadro desde una perspectiva más amplia está claro que algunos de los contagios sexuales también tienen como punto de origen el consumo de drogas.

Las drogas no inyectadas

Pero el riesgo de contagio de VIH relacionado con las drogas no se limita a las agujas. También los usuarios de otras sustancias aumentan sus posibilidades de contagio, especialmente aquellos que hacen uso de drogas estimulantes. Entre los efectos de estas drogas se encuentra el aumento del deseo y la actividad sexual, la disminución de la capacidad de toma de decisiones y, por consiguiente, un uso inconsistente de preservativos.

Este es un problema al que se le presta creciente atención debido al aumento de la disponibilidad de este tipo de drogas, especialmente de metanfetaminas.

Las drogas legales

Los riesgos tampoco se quedan en el territorio de las drogas ilegales. El alcohol, la droga legal más popular y socialmente aceptada de todas, aumenta el riesgo de contagio de VIH. De hecho, algunos estudios señalan que no se le ha prestado suficiente atención al consumo de bebidas alcohólicas como factor de riesgo a lo largo de la historia del virus.

El mecanismo con el alcohol es el mismo que el de las metaanfetaminas. El uso de drogas, en general, conduce a conductas sexuales de riesgo que aumentan la exposición a todo tipo de enfermedades de transmisión sexual, sin excluir el VIH. De hecho, países con una alta tasa de consumo excesivo de alcohol son los que tienen epidemias de VIH más graves.

El tabaco también aparece en escena, ya no como factor de riesgo para el contagio, sino para la mortalidad. Se ha probado que la implementación de programas de rehabilitación garantiza el aumento de la supervivencia.

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