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Existe un problema bastante grande en nuestra sociedad, y este es la edad tan temprana en la que los jóvenes se introducen en el consumo del alcohol, el tabaco y las drogas. Las adicciones, por norma general, tienen su origen en esta complicada etapa de la vida, en la que parece que no existen normas y la provocación y la experimentación parecen ser los motores fundamentales de ese momento.

Ya hemos comentado en otros artículos que una de las principales razones de esta aproximación al consumo de estas sustancias es la necesidad de sentirse integrados en un determinado grupo. Es una época de inseguridades, en la que se necesita una seguridad que no está presente en la mayor parte de los casos. Y ahí es donde las drogas y el alcohol se hacen un hueco para sustituirlas.

¿Cómo evitar que un adolescente se sumerja en este consumo, que nunca acaba bien? Tanto chicos como chicas se sienten perdidos, buscan ser parte de un grupo y si se juntan con personas que ya se han introducido en este consumo, todo puede ir más rápido y presentar un riesgo más grande.

Indudablemente, el paso de la escuela de primaria a un instituto a una edad muy temprana, hace que se perciban a los compañeros más mayores como más experimentados y se inicie un periodo de mimetismo e imitación. Esto puede llevar a que se repitan los comportamientos de los más mayores y se inicie antes este consumo de sustancias que, si ya son perjudiciales para los adultos para ellos lo son mucho más.

La principal vía para evitar estos peligros es, indudablemente, la prevención. Cuesta mucho que un adolescente pueda llegar a comprender el peligro real que supone esto, pero hay que intentarlo. El acercamiento a los adolescentes ha de ser real, con información realista y datos completos y adecuados para que los entiendan sin problemas.

Está claro que las cifras no interesa a un adolescente. Se debe hablar presentando los efectos reales de lo que supone tomar este tipo de sustancias, sus consecuencias y la realidad frente a los mitos que se escuchan en los pasillos de los institutos. Una charla de persona a persona, tratando al joven como a un adulto que sabe de qué se habla puede representar una clara diferencia.

Eso sí, no se pueden esperar resultados inmediatos, ya que esta edad es complicada. Quizá no sea cuestión de hablar una ni dos veces, sino mantener abierto un canal de comunicación para estar atentos a cualquier problema que haya podido surgir. Además, en los institutos suele haber un departamento de orientación que puede ayudar a los padres a comunicarse con sus hijos y establecer unas pautas para que el joven se sienta más comprendido en el ámbito familiar.

Con una educación adecuada y unas pautas de comunicación, seguro que se puede avanzar en la prevención del consumo a edades tan tempranas. Y además, con la información que se maneja desde esta edad, se puede evitar que más adelante se caiga en el consumo.

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