Nomofobia: el mono de la adicción al móvil

8 de cada 10 españoles tiene miedo a no poder usar el teléfono móvil, según el Instituto Psicológico Desconect@.

Los smartphones son una gran herramienta de comunicación, trabajo y ocio. Su evolución tecnológica ha sido vertiginosa y nos ha cogido de la mano, literalmente, para arrastrarnos consigo, para bien y para mal. Ahora llevamos constantemente en nuestro bolsillo la hora exacta en cualquier rincón del planeta, nuestro álbum familiar, una casilla postal inagotable y toda la información del mundo. Además, en cualquier lugar y momento, podemos llamar a nuestra abuela, ver que nuestra mascota no esté aprovechando la falta de supervisión para comerse el sofá o verificar si nuestros empleados están trabajando en lugar de… revisar el móvil.

Hace apenas un par de décadas era impensable poder contactar con cualquier persona en cualquier momento, y ahora parece impensable – ¡e inaceptable! – lo contrario. En un día típico, la mayoría de los usuarios de teléfonos inteligentes revisa las notificaciones más de 60 veces, desbloquea su móvil más de 150 veces, toca la pantalla más de dos mil seiscientas veces y pasa casi 3 horas diarias en el móvil, incluso cuando se encuentra en el trabajo o con familiares y amigos. Para más, alrededor del 70% de los usuarios duerme junto a su móvil y lo revisa durante los primeros 5 minutos del día después de despertar.

Julio Cortázar y su visión futurista

En 1962, la pluma prodigiosa del argentino Julio Cortázar escribía su «Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda a un reloj». Como toda la buena literatura, este microrrelato permanece vigente en el tiempo; bastaría sustituir la palabra reloj con móvil —donde, ya lo mencionamos, también vemos la hora—. Por ejemplo:

Piensa en esto: cuando te regalan un móvil te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire (…). Te regalan —no lo saben, lo terrible es que no lo saben—, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo (…). Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa (…). No te regalan un móvil, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del móvil.

«Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda a un reloj» Julio Cortázar

Con esta pequeña edición, el texto parece profético. Basta darse un paseo por el barrio —o incluso por el salón de casa— para comprobar que los seres humanos estamos perfectamente fusionados con esta pequeña prótesis digital a la que llamamos móvil. En su serie Removed, el fotógrafo Eric Pickersgill muestra escenas cotidianas que han sido totalmente colonizadas por la tecnología, pero lo hace, precisamente, quitando los dispositivos tecnológicos de la imagen. Así, subraya la anomalía de nuestras nuevas conductas individuales y sociales.

Foto: Eric Pickersgill

Consecuencias del uso excesivo de los smartphones

Estudios alrededor del mundo han demostrado que las personas se sienten desorientadas cuando, por error, salen de casa sin el móvil, y ansiosas cuando tienen la batería baja o no tienen cobertura. En una encuesta, el 20% de los entrevistados preferiría pasar una semana sin zapatos antes que sin móvil. Somos adictos.

El miedo a no tener teléfono móvil (bien sea por ausencia del dispositivo, por falta de batería o por falta de cobertura) ya tiene nombre y descripción clínica. Se llama nomofobia, por un calco del inglés nomophobia (no mobile phobia), y se perfila como una de las grandes enfermedades de nuestro siglo. Las consecuencias de esta adicción son ya visibles física, psicológica y socialmente.

Si bien existe cierta conciencia sobre el uso excesivo del móvil, la realidad es que las propias circunstancias de la vida contemporánea nos dificultan abandonar el hábito. La crisis sanitaria ocasionada por la COVID-19 solo ha empeorado las cosas: los mensajes, las videollamadas y el tiempo de uso del móvil en general han aumentado de un 30% a un 40% desde el inicio de la pandemia. La prolongación de las restricciones de movilidad e interacción social, aunadas a la preocupación por la enfermedad y la instauración de hábitos de consumo difíciles de revertir, auspician tiempos de calabozos de aire, y de datos.

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