La burbuja de la producción de sustancias sintéticas

Drogas hay muchas, muchísimas. Hay drogas legales e ilegales. Hay drogas depresoras, estimulantes y alucinógenas; naturales y sintéticas; letales y leves. Cuando se habla de adicciones, se piensa en los problemas para la salud del individuo y en los estragos que sufren, por extensión, los círculos sociales a los cuales está vinculado. Esta es la principal preocupación que suscitan las drogas en el mundo: no se trata de la existencia de ellas, sino de sus efectos adversos.

De la guerra a la prevención

Hoy en día, hay una disponibilidad tal de drogas que la vieja posición de guerra contra los narcóticos, que sostuvieron las autoridades a nivel mundial durante décadas, ha ido evolucionando de la persecución a políticas de reducción de riesgos: educación sobre sus efectos devastadores, prevención de consumo y planes de recuperación.

Más sintéticas, más producción

Ante las drogas sintéticas es donde parece que la guerra contra los productores y distribuidores se presenta más complicada. La posibilidad de fabricar su mercancía en espacios reducidos y discretos, como un piso cualquiera en pleno centro de la ciudad, complica el juego del gato y el ratón. A pesar de eso, los gobiernos siguen poniendo gran empeño en desmantelar redes de narcotráfico y producción.

En Holanda, por ejemplo, la cantidad de laboratorios de metanfetaminas desmantelados se duplica cada año. Esto plantea la duda de si el trabajo de detección policial está mejorando o si la proliferación de productores es tal que, por fuerza, obliga a aumentar las probabilidades de que algunos de ellos sean encontrados.

De media, un laboratorio genera 20 kg de metanfetaminas cada 48 horas. Si una dosis, que puede tener un efecto de unas 6 horas, ronda los 15 mg, quiere decir que uno de estos pisos puede poner en la calle más de 900 años de consumo individual ininterrumpido.

Menudeo que genera epidemias

Al tiempo que ‘se cocinan’ en casa problemas de estas magnitudes, los servicios de correo que viajan de todas partes del mundo podrían estar pasando millones de pequeñas dosis, tan diminutas y numerosas que un intento de detección riguroso sería incompatible con los estándares de celeridad y privacidad que se esperan de cualquier servicio postal. Es precisamente de esta manera como, desde China, se introduce la mercancía que ha generado una epidemia de fentanilo en Canadá y el norte de los Estados Unidos. Una vez más, ya no se trata de la disponibilidad de la droga, sino de qué podemos hacer frente a esta realidad.

Las drogas no van a dejar de existir, pero los individuos y las sociedades pueden aprender a reconocer sus peligros y tomar la decisión de que estas no entren sus vidas.

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