La brujería explicada por las drogas

A mediados del siglo XV, y durante trescientos años, tuvo lugar en Europa un fenómeno aterrador al que hoy nos referimos como cacería de brujas. Se trató, literalmente, de una persecución y ejecución masiva de personas que, por diversos motivos, eran vinculadas a rituales de magia y hechicería. Sin embargo, muchas veces hubo víctimas de falsas acusaciones, producto de simples disputas cotidianas en las que alguno de los involucrados se servía de la herramienta de represión más eficaz del momento para acabar con su contraparte.

Aunque se trata de un fenómeno social que hunde sus raíces en una compleja serie de aspectos culturales del período histórico, la mirada retrospectiva nos ha permitido identificar un factor determinante para la existencia de las brujas: las drogas.

Historia corta de siglos largos

La caída del Imperio Romano implicó una fragmentación cultural que dio origen a diversos cultos, algunos más místicos que otros. Entre ellos, surgieron adoradores del diablo, pero también cultivadores de las fuerzas místicas de la naturaleza. Ambos tenían en común la preparación y consumo de plantas con fines curativos o espirituales.

Entre las plantas medicinales y mágicas, se listan muchísimas con efectos neurotóxicos o alucinógenos. Algunas de ellas son:

  • Belladona: tradicionalmente utilizada con fines terapéuticos. Puede causar, entre otras cosas, alucinaciones, convulsiones, visión borrosa, alteraciones de la conducta, etc.
  • Beleño: es una droga hipnótica, que anula la voluntad, y se utilizaba en gran cantidad de rituales. También aparece como sustancia de consumo de los vikingos y, en algún momento, se utilizó como planta terapéutica para tratar la histeria y la manía, aunque ahora está demostrado que no aporta beneficio alguno. Hoy en día está listada entre las drogas de violación.
  • Mandrágora: ha sido utilizada con analgésico y afrodisíaco en el Mediterráneo y el Medio Oriente; tópicamente, es antiséptica, y se ha utilizado largamente para ungüentos. Es altamente tóxica y tiene propiedades narcóticas y alucinógenas.
  • Estramonio: ha sido ampliamente utilizada en aquelarres, ritos chamánicos y orgías; también tiene propiedades antiinflamatorias. Causa delirios y alucinaciones. De ella se extrae la escopolamina.

Además de las hierbas utilizadas, las brujas también hacían ungüentos o pociones con partes o productos de distintos animales, por ejemplo: el sapo. Hoy en día sabemos que los sapos excretan neurotoxinas que pueden causar, según la especie, todo tipo de alucinaciones e intoxicaciones.

Malleus Maleficarum

En 1484 la Iglesia pone nombre a la brujería a través de la bula Summis desiderantes affectibus, de Inocencio VII. Pero no es hasta dos años después cuando la palabra se difunde de forma masiva, gracias al Malleus Maleficarum (Martillo de brujas), de los dominicos Kraemer y Sprenger. En la obra se detallan las pruebas de la brujería; sus ritos, hechizos y pactos diabólicos; y formas de prevención y combate para limitar sus efectos. Muchas de las informaciones reportadas fueron obtenidas a través de torturas.

Originalmente publicado en Alemania, el Martillo viajó por toda Europa, y se convirtió en instrumento fundamental para la identificación, persecución, tortura y condena de entre 40 y 60 mil personas durante los tres siglos siguientes. Las estimaciones de las víctimas son absolutamente aproximativas, y entre ellas no se cuentan aquellas que sucumbieron a las terribles torturas ni las que murieron en linchamientos extraoficiales por sospecha pública.

Laguna, el científico

En 1545, el médico y botánico español Andrés Laguna trataba al duque de Lorena, que había caído enfermo. Del envenenamiento del duque se señaló a una pareja de ancianos acusados de hechicería, aunque Laguna sabía que la enfermedad del duque no era producto de un envenenamiento ni, mucho menos, de un hechizo. En casa de los ancianos, que si bien no brujos, eran un poco extraños, se encontró un ungüento que se aplicaban cotidianamente.

Laguna utilizó la preparación con una paciente que sufría de insomnio y que, como consecuencia, cayó en un sopor delirante del que despertó contando toda suerte de aventuras que creía realmente haber vivido. Andrés Laguna probó, a través de este proto método científico, que «todo cuanto dicen y hacen las desventuradas brujas es sueño, causado de brebajes y unciones muy frías. Las cuales de tal forma las corrompen la memoria, y la fantasía, que se creen haber hecho despiertas todo cuanto soñaron dormidas».

Los escepticismos, sin embargo, no venían solo del ámbito de las ciencias. Ya antes de esto, en 1436, Alfonso Madrigal, Obispo de Ávila, achacaba las alucinaciones mágicas al efecto de las drogas. Por su parte, el franciscano Alonso de Espina había publicado el Fortalitium fidei (Fortalecimiento de la fe), en el que ponía en duda las transformaciones y pactos diabólicos de las brujas.

Sugestión y barbarie

Queda claro a los ojos del siglo XXI que las confesiones de brujas son fruto de la conjunción entre sustancias alucinógenas, (auto)sugestión y tortura. Resulta especialmente interesante observar la proliferación de la brujería y su contraparte como un fenómeno social masivo desencadenado por el uso y abuso de sustancias. Aunque bajo otras formas, este fenómeno de delirio colectivo se ha ido repitiendo a lo largo de la historia de la humanidad sin que se tenga plena conciencia de ello en el momento de su aparición (en las guerras del opio, por poner un ejemplo). Solo la mirada retrospectiva permite hacer luz sobre estos fenómenos, revelando así otro borde cortante de la cuestión de las drogas, y sugiriendo una duda: ¿estaremos hoy atravesando otra crisis de hechicería?

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