La adulteración de las sustancias tóxicas

La cocaína es, probablemente, la droga con peor fama de adulteración en el mercado. Razones no faltan, pero ¿hasta dónde pueden llegar las alteraciones que se le hacen con el fin de aumentar su volumen y sacarle mayor rendimiento?

Desde hace muchos años, se asume ampliamente que la cocaína a disposición de los consumidores finales carece de pureza. En primer lugar, al tratarse de un producto y un mercado que operan al margen de la ley, sobra decir que no existe ninguna institución oficial que pueda velar por que se cumplan estándares de calidad ni protocolos de seguridad. La cocaína es, en sí, una sustancia que se entiende como nociva para la salud; quienes son capaces de comerciar con ella, lo saben. Por lo tanto, estos individuos, en muchas ocasiones, tampoco tienen escrúpulos para «cortar» su producto, visto que de cualquier modo están comerciando con un producto dañino.

Hablemos de porcentajes

Según los estudios del Instituto Nacional de Toxicología (INT), en los años 80, la pureza de la cocaína en España rondaba entre el 15% y el 35%. A partir de los años 90, la pureza media se ubica entre el 50% y el 60%. No obstante, estos porcentajes globales dependen de una gran cantidad de variables, y es indispensable tomar en cuenta que, para llegar a ellos, también entran en el estudio muestras que están muy por debajo o muy por encima de la cifra promedio.

Los factores más contundentes que pueden influir en la pureza de la cocaína son la región, el volumen de compra y el proveedor.

Por lo general, las compras de pequeñas cantidades, inferiores al gramo, suelen ser las más adulteradas. Los vendedores anónimos, que menudean en las calles a compradores ocasionales y desconocidos, no tienen que preocuparse por su reputación o por una represalia debido a la baja calidad de su producto, por lo que tienen una mayor tendencia a «cortar» su mercancía. En cambio, los dealers que cultivan cierta confianza frente a su clientela procuran asegurar la calidad de su producto.

Otro factor determinante de la pureza del producto es la proximidad que tenga el vendedor a la cadena de narcotráfico. A mayor distancia, menor pureza. Es por eso por lo que los análisis que se hacen a las incautaciones de grandes cantidades suelen arrojar altas purezas. Los traficantes que gozan de una gran clientela o mueven grandes cantidades no invierten su energía en cortar la mercancía, sino en hacerla pasar a otras manos con la mayor velocidad posible.

¿Qué más viene ahí?

Entre los adulterantes más comunes están la cafeína; los nootrópicos, como el Piracetam; o los ansiolíticos, como el Alprazolam. También es frecuente el uso de anestésicos locales, como lidocaína o benzocaína; y analgésicos, como el Paracetamol o la Fenacetina. Entre los diluyentes, son muy frecuentes los edulcorantes, como inositol, manitol, lactosa, fructosa o glucosa. Excepcionalmente, se han encontrado adulteraciones con efedrina o lidocaína en cantidades que pueden llegar a ser tóxicas, especialmente para individuos de bajo peso. Alguna vez se han encontrado anfetaminas, pero se trata de algo poco frecuente, aunque muy peligroso.

Estos son solo algunos de los aditivos que suelen incorporarse en el paso de un traficante a otro en la cadena de minoristas de cocaína. Vale la pena recordar que, por muy puro que sea el producto, el proceso de fabricación de la cocaína en sí incluye sustancias sumamente tóxicas, como el ácido sulfúrico, el queroseno, el amoniaco y el óxido de calcio.

Fuente: ¿Sabes lo que te metes? Pureza y adulteración de las drogas en España, Eduardo Hidalgo Downing. Ediciones Amargord. 2007.

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