El gigante asiático y su relación con el opio

China es un gigante en todos los sentidos. Hoy en día, domina el tablero mundial. En un año tan atípico como 2020, y a pesar de haber sido el punto de partida de la pandemia de Covid-19, se recuperó rápidamente para reportar crecimiento económico. Con un territorio, una historia y una población de tales magnitudes, resulta realmente sorprendente que la nación haya pasado por una terrible adicción al opio.

Cuesta reconocer que los impresionantes edificios de la Torre de televisión de Cantón y el Guangzhou International Finance Center se erigieron sobre las callejuelas donde siglo antes abundaban los tugurios repletos de hombres raquíticos, tumbados en posición fetal, llevándose constantemente varas de bambú a la boca para aspirar el vapor que surgía de pequeñas lamparillas de bronce y cristal.

Un adicto necesita un camello

La historia de cómo China se convirtió en adicta al opio puede contarse de muchas maneras: en un curso de comercio internacional, quizá se resaltaría el hábil modo en que el Imperio Británico consiguió recuperarse de la pérdida de su colonia americana (1783) que le proporcionaba un precio preferencial de algodón, al tiempo que su monopolio del té se tambaleaba gracias a ese hijo recién revelado que estaba lleno de energía y quería entrar en el juego. Los británicos, que además de a por el té, iban al puerto de Cantón para abastecerse de seda y porcelana, se vieron forzados a comprar estos bienes con plata, lo que amenazaba fuertemente la estabilidad de su economía en pleno florecimiento de su revolución industrial. La solución que encontraron fue introducir un nuevo producto para intercambiar con China, uno que muy pronto esta tendría grandes dificultades para rechazar, aunque quisiera: el opio.

Consecuencias

Los estragos de los opiáceos en los individuos no son un secreto para nadie. Para entender la magnitud del desastre, tanto social como económico, al que fue empujado el imperio asiático, habría que imaginar que ese drama singular de cada adicto, y de cada familia que convive con uno, se propaga como una epidemia narcótica por todo un país como China.

Tras la derrota de China en las guerras del opio (1858) y la aceptación de tratados muy desiguales, la nación fue obligada a legalizar el veneno que había estado intentando repeler desde hacía 80 años. Los puertos de China quedaron abiertos de par en par a occidente y el vicio estaba plenamente implantado en la población. El intercambio de opio por plata suponía una sangría para la economía China, que además debía pagar duras indemnizaciones a los narcotraficantes británicos afectados y ceder territorios. Hacia 1900 el 27% de los adultos en China estaban enganchados al opio.

Diferencia entre China y una persona

China logró superar la epidemia del opio hacia la primera mitad del siglo XX, pero no solo lo consiguió tras enormes cambios en su cultura y paradigmas políticos, sino que también le costó muchas vidas y tiempos muy duros. Al final, una nación longeva y megapoblada pudo salir, pero dejó a muchos en el camino.

En cambio, cuando se mira el problema en una escala individual, las probabilidades de éxito se reducen muchísimo y el resultado luce claramente negativo. La vida de una persona es única y los riesgos del consumo de opiáceos resultan demasiado altos. Por fortuna, existen excelentes profesionales y tratamientos para combatir y superar la dependencia.

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