De medicación a adicción

En la Antigua Grecia existía una misma palabra para veneno y antídoto, remedio y droga. Esta era: phármakon, cuya suerte de paradoja lingüística no debería tomarse como carencia o debilidad de aquel idioma, sino como una advertencia inscrita en la memoria de la humanidad acerca del comportamiento de ciertas sustancias que pueden proporcionarnos al mismo tiempo cura y enfermedad.

La medida justa

Para los griegos de entonces y para los médicos de ahora todo el secreto reside en la dosis adecuada. Pongamos aquí un ejemplo sencillo: hay ciertas medicinas diseñadas para tratar a personas con síndromes de tristeza profunda. Algunos de esos antidepresivos funcionan también, a bajas dosis, como ansiolíticos para calmar o disminuir la ansiedad. Hasta ahora va todo bien, mientras que la dosis coincida felizmente con la dolencia del paciente.

Pero ¿qué pasa con esos medicamentos que tienen el poder de generar alguna forma de dependencia? Lo que ocurre es que pueden dejar de funcionar como remedios para convertirse en la raíz de una enfermedad. Existen numerosos casos en los que esto ha pasado, y es por eso que hablamos hoy del peligro de los medicamentos prescritos que pueden convertirse en puente para la drogodependencia.

¿Un error de los médicos?

Foto de un médico con botes de pastillas en las manos

Siempre se ha tenido presente la ambivalencia del opio y sus derivados. Si tuviéramos que elegir un phármakon por excelencia con ese amplio sentido de la palabra, sería este. Sin embargo, pese a la muy conocida reputación que tienen los opioides en la historia de la medicina, el gremio de la salud en los Estados Unidos cayó en una trampa mercadotécnica que consiguió convencer a la comunidad médica de que los riesgos de ciertos analgésicos derivados del opio eran mucho menores de lo que realmente son. Así, ciertos analgésicos empezaron a ser recetados para tratar una gama de dolores mucho más amplia de la que se reservaba a los derivados del opio, a los que solo se recurría en casos extremos.

El éxito de esta desleal campaña trajo como resultado el problema de salud pública más grave en la historia de los Estados Unidos de América. Estamos hablando de una verdadera epidemia de adictos que reporta decenas de miles de muertes al año. Muchos médicos se ven hoy en el dilema de expender recetas a pacientes que claramente muestran signos de una drogodependencia o negarse a colaborar con su adicción. En el primer caso, traicionarían sus principios hipocráticos; en el segundo, perderían a sus pacientes y se arriesgarían a dejar que salieran a procurarse su droga, sin supervisión, por medios ilegales. No son pocos los casos de personas que comenzaron con un tratamiento analgésico para una dolencia común y fueron aumentando sus dosis y frecuencia de consumo, cayendo en todos los problemas a los que lleva la adicción hasta llegar incluso a perder el control de sus vidas y sufrir sobredosis fatales.

El problema es tan grave que en 2018 un grupo de congresistas americanos hizo un llamado a la Organización Mundial de la Salud con la esperanza de evitar que los fabricantes de oxicodona, codeína, tramadol, fentanilo y otros analgésicos repliquen sus estrategias globalmente.

España en la mira

Foto de un pastillero y una persona administrando las pastillas

En España se ha duplicado el consumo de opioides con receta en los últimos 10 años, por lo que es prudente considerar que el problema no nos es completamente ajeno. Las cifras apuntan a un aumento tanto del número de consumidores como de la dosis promedio. La Sociedad Científica Española de Estudios sobre Alcohol, el Alcoholismo y las otras Toxicomanías ya ha publicado una Guía de consenso para el buen uso de analgésicos opioides, con el apoyo del El Ministerio de Sanidad, Consumo y Bienestar Social, que puede descargarse aquí. Si bien el trabajo ha sido desarrollado para guiar a la comunidad médica, puede resultar útil incluso para los pacientes.

Por otro lado, existe quien defiende que en España el riesgo de una epidemia como la americana es menor porque el modelo sanitario tiene mayor control sobre los tratamientos de los pacientes. Sin embargo, no está de más prever e informarse, especialmente cuando ya se tienen datos que prueban el aumento del consumo de medicamentos derivados del opio.

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