botellas de cristal

Consumo de alcohol antes, durante y después del COVID-19

En situaciones de estrés, incertidumbre y frustración, es común que aumente el consumo de sustancias, especialmente si estas son legales, socialmente aceptables y relativamente asequibles. Por esta razón, cabría esperar que la venta de bebidas alcohólicas tuviera un aumento durante el confinamiento por Covid19.

Algunos estudios internacionales también apuntan a lo contrario: debido a la disminución de los ingresos (por despido, ERTE o imposibilidad de llevar a cabo una actividad económica), el aumento de la incertidumbre financiera y la menor disponibilidad física de la bebida (bares cerrados, restricciones para la movilidad, largas filas en los puntos de venta, etc.), puede haber una tendencia temporal a disminuir el consumo. Lo cierto es que cada país se comportará de forma distinta de acuerdo con su relación con el virus, sus hábitos y su situación socio-económica.

Qué está pasando en España

El Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación comunicó datos de compra alimentarios diferenciados por semana y rubro en comparación con el mismo período el año pasado. En la tabla se puede observar un claro aumento en la adquisición de cerveza, bebidas espirituosas y vino.

Es particularmente interesante, y quizá un factor de riesgo, que la cerveza lideró el ranking durante las dos primeras semanas de confinamiento, para verse igualada por las bebidas espirituosas en la tercera semana, y finalmente rebasada a partir de la semana siguiente. Las bebidas espirituosas tocaron un pico de 93,4% en la semana del 6 al 12 de abril, mientras que las cervezas llegaron a 86,5% y el vino a 73,4% en el mismo período.

Es evidente un aumento drástico entre la tercera y la cuarta semana, que coincide con la primera extensión del estado de alarma y la toma de conciencia por parte de la población general de que el confinamiento se alargaría bastante más de lo esperado. Entre esas dos semanas, el porcentaje de cerveza y bebidas espirituosas se incrementó en un 30%. Por su parte, en la cuarta semana el vino se disparó por primera vez: pasando de porcentajes que se mantenían entre 5% y 13% para llegar a 62,6%.

El alcohol como mecanismo para combatir la pandemia

Dejando de lado los casos, por fortuna aislados, de personas que pensaron que el alcohol contenido en las bebidas ayudaría a prevenir e incluso curar el virus —o aquellos más desafortunados que murieron después de ingerir alcohol isopropílico—, numerosas personas se han refugiado en el alcohol para evadir o aplacar el estrés y las preocupaciones generadas por la emergencia sanitaria.

Sin embargo, esto tiene un doble efecto negativo. En primer lugar, los trastornos psicológicos que pueden derivar del efecto rebote del alcohol; es decir, del estado depresivo que sigue a la euforia inicial. En segundo lugar, la posibilidad de arraigar un hábito que puede convertirse en adicción, y puede ser difícil de erradicar una vez pasada la situación excepcional.

Por otro lado, el aumento del consumo de alcohol durante el confinamiento también puede haber aumentado el número y la intensidad de las situaciones de abuso y violencia doméstica. En algunos países, como Sudáfrica, se prohibió por completo la venta —e incluso el transporte— de bebidas alcohólicas para tratar de minimizar estas situaciones.

Las bebidas alcohólicas también se convirtieron en una alternativa accesible para consumidores de otras drogas que se vieron en dificultades para abastecerse de su sustancia predilecta.

Conocer el pasado para predecir el futuro

Para tratar de prever mejor las posibles consecuencias del Covid en los hábitos de consumo de bebidas alcohólicas, una de las estrategias más confiables es observar lo que ha sucedido en circunstancias similares (salvando las distancias y tomando en cuenta la globalidad del fenómeno actual).

Entre 2002 y 2004, una epidemia de SARS (Síndrome Respiratorio Agudo Grave) causó la muerte de más de 700 personas, de las cuales 299 se reportaron en Hong Kong (siendo este el segundo territorio con más contagios y muertes, después de China, con 349 fallecidos). Un estudio realizado en una muestra de 800 hongkoneses mostró que el 4,7% de los hombres y el 14,8% de las mujeres, que ya eran consumidores de alcohol, había aumentado su consumo un año después del pico de la pandemia. Por otra parte, los sectores de la población que estuvieron más expuestos y sufrieron mayor estrés durante el evento, como el personal sanitario, fueron 1,5 veces más propensos a sufrir dependencia del alcohol tres años después de la epidemia.

Otro ejemplo, aunque de naturaleza distinta, se encuentra en la crisis financiera que tuvo lugar en España entre 2008 y 2014. Durante ese período aumentó el consumo de drogas, al tiempo que los consumidores optaron por las sustancias más económicas.

 El porvenir después de la pandemia es incierto. No queda claro si la nueva normalidad verá nacer una crisis económica ni cuáles serán las dimensiones que podrán alcanzar las consecuencias de la pandemia. Lo que resulta evidente es que a corto y mediano plazo habrá que enfrentarse a situaciones de dependencia generadas o propiciadas por el confinamiento y la crisis.

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