Adicción en la tercera edad

De forma inconsciente, pensamos que, entre los múltiples riesgos para la salud que aparecen con la edad, no se encuentra el riesgo de desarrollar una dependencia de sustancias. La verdad es muy distinta.

Las personas mayores que utilizan sustancias se clasifican en dos tipos: los usuarios de inicio temprano, o sobrevivientes, aquellos que ya tenían un patrón de consumo desde épocas anteriores de sus vidas; y los usuarios de inicio tardío, aquellos que comienzan a usar sustancias más tarde en la vida, generalmente a raíz de un evento traumático, como un duelo, la jubilación, una enfermedad o el aislamiento social. Los programas de atención a la adicción suelen concentrarse en otros grupos etarios, que se consideran en mayor riesgo; pero, además, los mecanismos diseñados para lidiar con la adicción en los mayores están enfocados en los sobrevivientes. Sin embargo, los usuarios de inicio tardío son muchos más.

El proceso de envejecimiento a menudo está asociado con problemas de salud, sociales y psicológicos. Estos también son factores de riesgo para el abuso de sustancias y el desarrollo de dependencias. El aislamiento social, por su parte, es un factor clave para la morbilidad y la mortalidad en la dependencia; y, justamente, aumenta a medida que lo hace la edad. La soledad y el aislamiento pueden deberse a viudez, falta de descendencia, deterioro de la salud, etc. También son un problema grave para quienes viven solos o, incluso, en residencias de ancianos.

En la población mayor, generalmente debido a las preconcepciones, la adicción suele confundirse con depresión y demencia. Esto genera otra serie de problemas sociales que giran en torno a estos dos ejes: en primer lugar, las consecuencias de la dependencia en la población mayor recaen directamente sobre los servicios de salud de atención primaria; en segundo lugar, los dependientes no reciben una atención especializada y eficaz para su problema.

Actualmente, alrededor de 962 millones de personas en el mundo tienen más de 60 años. Esto representa el 13% de la población mundial. Gracias a los avances médicos la esperanza de vida aumenta; según las proyecciones actuales, las cifras relacionadas con la población de más de 60 años de edad casi se duplicarán en la próxima década, y la tendencia al aumento permanecerá durante todo lo que queda de siglo. Esto, y la naturaleza cambiante de las sustancias disponibles en el mercado son dos factores que acentúan la gravedad del problema de la adicción en la tercera edad y hacen más urgente encontrar mecanismos específicos para atenderlo.

Entre la población mayor con problemas de dependencia y desórdenes relacionados con el uso de sustancias, los más comunes son el uso de alcohol y la sobre medicación (prescrita y no prescrita). Esta última puede darse en forma de: extensión indebida del tiempo de medicación, combinación de fármacos, automedicación, etc. El uso y abuso de drogas ilícitas es casi inexistente. Los individuos que acuden a este tipo de sustancias suelen consumir marihuana o cocaína. Las sustancias y las cantidades consumidas varían mucho según el género, otro factor importante a tomar en cuenta en el desarrollo de medidas de atención específicas.

Según los datos, los individuos de entre 64 y 86 años que sufren de adicción presentan más problemas físicos y psíquicos concomitantes. Algunos de ellos son: aceleración del proceso de envejecimiento del cerebro, aumento del riesgo de problemas dentales y mayor probabilidad de desarrollar diabetes del tipo dos. En cuanto a la psiquiatría, los mayores que usan sustancias sufren de más desórdenes psiquiátricos (excepto por el síndrome de estrés postraumático).

Las personas mayores con problemas de uso de sustancias tienen más dificultad para acceder a servicios de ayuda específicos, tanto por desconocimiento como por tabú. Generalmente, estos individuos se dirigen a los servicios de atención primaria, de salud mental, de atención a la tercera edad o a residencias. Esto suele conducir, como hemos visto, a diagnósticos y tratamientos errados. Cuando sí se logra detectar el problema de dependencia, la situación no mejora.

En casi total ausencia de mecanismos especialmente diseñados para este grupo de edad, los tratamientos suelen ser poco eficaces. Los programas desarrollados para grupos de edades mixtas no contemplan las necesidades específicas y, muchas veces, complejas de las poblaciones de mayor edad. Todas estas circunstancias (la dificultad de acceso a la asistencia, la utilización de servicios no específicos, el errado diagnóstico y la falta de programas especialmente diseñados) conducen a pobres resultados de recuperación, mayor probabilidad de recaída y mayores costos económicos en todos los servicios sanitarios y sociales involucrados.

Pero no todo son malas noticias. Las personas de la tercera edad con un tratamiento de desintoxicación apropiado tienen más probabilidades de éxito que las poblaciones jóvenes, y presentan menos recaídas. Con el desarrollo de mecanismos de atención específicos (especialmente para personas de más de 65 años), se pueden aumentar los diagnósticos correctos, proveer una asistencia especializada y alcanzar mejoras considerables en la salud y la calidad de vida de este sector de la población.

¿Y qué es lo que mejor funciona para esta población? Los estudios están en pleno desarrollo; sin embargo, todo apunta a que los tratamientos más eficaces incluyen educación y aproximaciones holísticas relacionadas con el comportamiento. También se ha evidenciado una alta efectividad de las intervenciones comunitarias en la vida de las personas de la tercera edad. Otra clave reside en instaurar mecanismos de detección y actuación en las instancias en las que los mayores normalmente buscan ayuda.

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