Adicción al Smartphone

¿Cuántas veces al día consulta el móvil en espera de notificaciones? Si la respuesta es más de 100 veces, probablemente se encuentre dentro de la media de adultos y jóvenes que revisan sus redes sociales cada 6 minutos. Según la trabajadora social clínica y autora M.S. Collier, este comportamiento se manifiesta de la misma manera en que lo haría otro desorden de adicción. El usuario tiene problemas para limitar el tiempo de uso del móvil y con bastante frecuencia los distintos intentos de “desintoxicación”, no suelen ser exitosos, ocasionando que la persona vuelva a necesitar la sensación placentera que produce el smartphone.

Según un estudio monitoreado por la universidad de Maryland: “una clara mayoría de estudiantes provenientes de 10 países distintos, experimentaron estrés cuando intentaron no usar sus dispositivos por 24 horas y una de cada tres personas admitieron preferir no tener relaciones sexuales, que dejar de utilizar sus smartphones por un día”. Como en todas las adicciones, este patrón de comportamiento normalmente viene acompañado de consecuencias, no solo para quien se ve afectado por la adicción, sino para quienes le rodean.

También es común que los esfuerzos por limitar el uso de las redes sociales concluyan abruptamente debido a síntomas similares a los del “síndrome de abstinencia”; es decir, reacciones físicas que se manifiestan cuando un adicto deja de consumir la sustancia de la cual depende. A pesar de que las nuevas tecnologías son herramientas útiles de esta generación, su uso ilimitado tanto en adolescentes y niños, como en adultos y jóvenes podría convertirse en una enfermedad más que en un tópico de discusión casual.

Según la OMS, uno de los criterios de evaluación para determinar la adicción es el “deterioro sobre el control”. Sin la posibilidad de mantener un uso limitado y responsable de los dispositivos, el usuario empezaría a desarrollar dependencia, descuidando otros aspectos de la vida, como prioridades académicas y laborales e incluso sus relaciones con otros. Citando a M.S. Collier: “Son las conexiones con otros seres humanos –conexiones de la vida real, no digitales—las que nutren y nos hacen sentir importantes. Nuestra presencia, nuestra completa atención, es lo más importante que podemos darnos los unos a los otros. La comunicación digital no resulta en conexiones profundas, en sentirse querido y apoyado”. Este descuido de la vida fuera de la pantalla es un indicador relevante para estudiar la posibilidad de un problema de dependencia.

No es una cuestión de edad

Cuando se habla de adicción a las nuevas tecnologías en general, se suele apuntar a las generaciones más jóvenes, pero no son solo los jóvenes quienes están en riesgo de desarrollar un patrón de adicción. También los adultos se encuentran con dificultades para gestionar responsablemente su tiempo de uso de aplicaciones. En un artículo para la revista  Independent, Shappi Khorsandi relata su experiencia: “Me tomó un tiempo largo antes de darme cuenta de que tenía un problema, cuando mi hija era una bebé y cayó a un estanque. Mi hijo, quien tenía 7 años para el momento, me preguntó: ¿estabas en el móvil cuando resbaló, mami? No lo había estado. No utilicé mi móvil, pero fácilmente pude haberlo hecho”.

A pesar de que parece ser una situación común entre personas de distintos grupos etarios, aún es difícil establecer protocolos de acción para regular la actividad en línea. “Somos todavía relativamente nuevos con los smartphones, una o dos décadas no son nada realmente, a penas estamos empezando a darnos cuenta de que algunos de nosotros no podemos dejar de mirar las pantallas”. ¿Por qué el uso del móvil inteligente parece ser tan difícil de limitar? A este cuestionamiento, y en relación con el relato de Khorsandi, M.S. Collier responde: “Sin espacios para despejarse, el sistema nervioso nunca descansa. Está en modo combate constantemente”.

Para ilustrar la severidad con la que un adulto puede sentirse dependiente del smartphone, Khorsandi establece una analogía entre el auge del cigarrillo y la relación móvil-adulto: así como fumar era considerado un hábito social sin consecuencias para la salud, los dispositivos inteligentes son vistos como parte de nuestra manera de relacionarnos en sociedad: “Los efectos secundarios físicos no serán enfisema, por supuesto, pero pueden ocasionar estrés, depresión y ansiedad. Después de un par de décadas de uso, no todo el mundo puede establecer límites y los adictos se harán dependientes de cualquier cosa que esté a su alcance”.

Los más vulnerables

Ahora bien, ¿los adolescentes son más vulnerables a este tipo de adicción? Estudios indican que “2 de cada 4 niños y jóvenes han demostrado tener una relación problemática con sus smartphones. Es decir, que utilizan sus dispositivos en una forma que es consistente con el comportamiento adictivo, dicen los científicos”, apuntando a un incremento de la ansiedad y mayores probabilidades de padecer estrés o depresión, así como insatisfacción con la vida propia. Un estudio del King’s College London que analizó 41 estudios publicados desde el 2011, concluyó que entre 10% y 30% de la población de niños y jóvenes utiliza sus móviles de forma disfuncional.

Esta “forma disfuncional”, según la OMS puede incluir: “frecuencia de uso, cantidad de tiempo dedicada a las actividades, descuido de prioridades, comportamientos riesgosos asociados con el uso del dispositivo o con su contexto”. En el mismo orden de ideas, M.S. Colier habla para un artículo del New York Times diciendo lo siguiente: “Los adultos jóvenes están enviando una cantidad de 110 mensajes de texto por día y un 46% de ellos dice que no podría vivir sin su smartphone”. En el mismo artículo, se exploran distintas consecuencias del uso excesivo del móvil, desde obesidad infantil hasta una desconexión de la vida real que puede perturbar la salud mental de los más jóvenes.

Un artículo de Pediatrics, un periódico de divulgación científica y médica de EE.UU., establece que “aproximadamente ¾ de los adolescentes hoy posee un móvil inteligente y aproximadamente ¼ de ellos se definen a sí mismo como constantemente conectados a la Internet”. Entre las consecuencias más evidentes, se observa que es cada vez más común que niños, adultos y jóvenes tengan dificultades para dormir, debido al incremento de estrés, depresión y ansiedad que la utilización sin límites de los dispositivos inteligentes puede desencadenar: “la evidencia sugiere que el uso de las redes sociales puede afectar negativamente el sueño. Siendo la exposición a luz azul responsable de disminuir los niveles de melatonina y perturbar la calidad del sueño”.

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