Me gustaría compartir con todos vosotros una experiencia inolvidable que he realizado con mi grupo y mis terapeutas. Soy un enfermo adicto en proceso de recuperación. Esta salida terapéutica forma parte del proceso en el que me encuentro inmerso ahora mismo: mi tratamiento de adicciones. Hacía ya años que no tenía esa sensación de poder disfrutar de la naturaleza, y gracias a mi ingreso en el centro de desintoxicación Help adicciones, han vuelto a resurgir en mí, sensaciones que creía que estaban anuladas, adormecidas, la idea a mi cabeza de sentir la fragilidad de algunas cosas valiosas, mi propia fragilidad.

Tratamiento adicciones Galicia

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Habíamos salido esa mañana de la cuidad con destino a un paraje natural no muy lejano de la ciudad. Dejando atrás los coches, semáforos, los ruidos, los humos y el ajetreo constante de gentes que van y vienen, afanados en cumplir los requerimientos de sus trabajos, de sus familias, de su sociedad, de sus vidas.

Acostumbrado a empezar el día azorado por el tónico eficaz del ejercicio intenso (o despiertas o despiertas), el runrún de la carretera y la obligada quietud en posición  sedente El peso de mis párpados iba aumentando de manera directamente proporcional al tiempo transcurrido. Como si fuese ésta una rigurosa y taxativa ley física; modorra igual a carretera por tiempo.

Pero conforme las carreteras generales iban dando paso a las secundarias,  éstas a las pistas rurales y el paisaje iban cambiando de manera drástica, mi interés empezó a aumentar, venciendo eficientemente a la modorra.

Se había introducido una nueva magnitud en la ecuación; modorra igual a carretera por tiempo partido de interés.

Sí, no lo puedo evitar, soy un pueblerino que vive en una ciudad y, en momentos como éste, el pueblerino que llevo dentro, toma las riendas de mi mente y pienso que es increíble tener la cualidad de maravillarse en cosas tan mundanas. Pienso también que creía perdida esta cualidad, pues hacía tiempo que había perdido el interés por casi cualquier cosa. El ver cómo últimamente y poco a poco empezaba a recuperarlo, me pareció algo grande, majestuoso. Tengo en consideración a la capacidad de asombro como uno de los más grandes dones en la vida.

Así, y poco a poco, llegamos a las fragas que envuelven al río Anllóns. La presencia de un guarda forestal (confirmaba mi sospecha de que no estábamos en cualquier sitio “Isto non é, díxome, díxome, nin pataqueiradas”, pensé.

Tratamiento adicciones Galicia

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Tras una expectante espera y, atravesando unos rudimentarios puentes de madera y enxebres corredoiras, que serpenteaban entre milenarias rocas tapizadas con las más delicadas especies de musgos habidas y por haber, llegamos a una especie de enclave místico de castaños, de carballos, de pinos y de chopos, que flaquean el discurrir del río y  parecen escuchar atentos, el ancestral mensaje que las aguas susurran. Como Shidarta piensan, el río es nuestro maestro, nuestro gurú. El río en su sabiduría se hizo metáfora de la vida desde su nacimiento, hasta su muerte inexorable a su llegada al mar. Es el cambio permanente, la quinta estancia de las cosas que fluyen.

Ese es su ladino y lacónico mensaje. “Muévete, dice, cambia! y hazlo cantando mi canción”.

Recuerdo la vieja sentencia griega: “Nadie puede meterse en el mismo río dos veces”. Pienso que está más vivo que yo, sujeto a mis costumbres, a mis prejuicios, anclado a mi manera de ver las cosas, lastrado por mis miedos, dando vueltas en el bucle de la repetición de mis conductas, de mi manera de sentir.

Pero el río cuenta que el cambio es posible y que es necesario. Que no importa de dónde viene, ni lo que deja atrás, importa el presente. El momento presente pues, aún ahora está naciendo y aún ahora está muriendo, lejos de aquí. Vive el momento!.

Corrientes con meandros salpicados de piedras, las piedras sujetan el lugar y le confieren la magia. Los molinos también de piedra. Sus muelas de piedra, su acento de piedra.

Estoy mirando con el monitor los musgos, las plantas y los hongos. Pienso que con ellos podría hacer un Saikei, que podría intentar atrapar la esencia de ese lugar en una miniatura de piedra y de verde. Y una vez más en el día, en el mismo día, me sorprende la idea de que aún puedo tener interés por las cosas. Me asombro nuevamente de la capacidad de asombro.

Me encuentro tranquilo, confiado y el momento me confiesa lo que parece ser una promesa, me parece que es una promesa. Trato de registrar el momento con todo el detalle del que es capaz mi deteriorado encéfalo.

Sé que más adelante tendré que recurrir a poner en marcha el circuito de sinapsis que traerán a mi memoria el momento y diré: “Eh…! ¡Me han hecho una promesa!”.

Tratamiento adicciones Galicia

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Damos un pequeño paseo por la mañana, me encuentro bien y creo que la gente también. Vamos recogiendo plásticos, me siento solícito porque la idea me convence. Pienso que me gustaría hacerlo más detenidamente. Los plásticos en ese lugar no solo contaminan la naturaleza, contaminan el espíritu del lugar, lo adulteran.

Me encuentro en verdad inusitadamente cómodo y voy bromeando un poco con Fernando. Me vuelvo a asombrar por la idea de que ahí vamos dos adictos frivolizando sobre las cosas. Empezando a dar pasos que son como los torpes pasos de los niños de un año, pero ahora andar consiste en apreciar las cosas, en hacerse un poco más fuertes, en aprender a mirar con otra mirada, en sacar el jugo de las cosas de una manera serena.

Yo sé que a él como a mí, a veces nos invade la zozobra, que nos vienen vértigos y miedos que nos hacen pensar que vamos a caer en el siguiente paso… pero somos valientes, porque eso es ser valiente ¿no?. Identificar tu miedo y no dejar que te detenga. La gente que no tiene miedos no es valiente, es otra cosa.

Así que siento una profunda comprensión con Fernando en este momento, porque Fernando soy yo, de todos los que vamos haciendo la caminata. Desde Jose hasta Bea, pasando por David, Rodrigo, Luis, Jaime e Ignasi, que se ha quedado custodiando nuestras cosas.

De repente pienso que al regresar, Ignasi estará cazando con una jabalina improvisada y un montón de vegetación encima para mimetizarse con el entorno o, pescando en el río con una caña que ha traído escondida y pertrechado con un montón de útiles de pesca, como moscas, gusanos y anzuelos variopintos que cuelgan de un chaleco de esos con mil bolsillos.

La idea, por lo absurda de la misma, hace que me empiece a reír yo solo y se la comento a Fernando, para que el hecho de verme reír solo, no pueda darle una pista de la caladura de la locura que tengo.

Jose nos enseña unas flores de azafrán con sus preciados estigmas naranjas. Me viene a la cabeza la fragilidad de algunas cosas valiosas, mi propia fragilidad. Nunca hubiese pensado en estos términos unos meses atrás, pues ni me consideraba frágil en muchos aspectos, ni mucho menos valiosos.

Hacemos una parada en un antiguo puente de piedra, por supuesto. Comemos un bocadillo. Tengo tanta hambre que me parce la ambrosía de los Dioses, me comería un jabalí sin cocinar, empezando por las uñas.

De vuelta a los molinos Ignasi no está pertrechado con nada, pero me pide ayuda para hacer las brasas para cocinar. A mí se me da mejor hacer fuego que brasas… es un deje que conservo de mi época de pirómano, cuando iba arrasando con todo a mi paso: quemando las cosechas, calcinado a la gente y carbonizando mi vida.  Pero hago lo que puedo, noto que Ignasi tiene que echar una mano de su bendita paciencia, amén de todo lo aprendido en sus largos años de tratamiento para no decirme nada, cada vez que apago las llamas. Me conmueve, a la vez que me parce gracioso.

De vez en cuando siento el impulso de salir a buscar madera seca, donde coño se encuentre, para echarla y hacer un buen fuego. Sería lo suyo, me digo, y tengo que hacer el esfuerzo de quedarme quieto donde estoy y aparentar que estoy cuerdo. Todo está mojado.

Siempre pensé que era un poco gitano, porque donde hay fuego allá estoy,  calentando las manos y con la abstracción en la mirada que provoca mirar a las llamas atentamente, al fluir de las llamas.

Es una experiencia que nos debe retrotraer a nuestra época de primates, cuando el fuego nos provocaba esa mezcla de miedo y fascinación.  Como diría Jung, es algo anclado a nuestro inconsciente colectivo.

La verdad es que en ese lugar de piedra, madera y agua es lo que presta. Un buen fuego!.

Y nada, empezamos a asar la carne, no sin pocas disertaciones y tentativas para determinar cuál es la parrilla indicada, así como debería ser la altura propicia de la misma. La comida está toda buenísima, sobre todo la carne. Pero me felicitan por la tortilla que hice, lo cual me pone algo nervioso, porque soy de ese tipo de gente que no acepta bien los halagos, pero parece que esto está cambiando.

Así que comemos como si mañana a las doce se fuera a terminar el mundo. Su carne, sus tortillas y sus pimientos, así como sus tartas de queso estilo Bea y Joaquín, con sus castañas leonesas y sus peras de invierno. Un grato descubrimiento.

Tratamiento adicciones Galicia

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Tras recoger todo y limpiar un poco de manera diligente y concienzuda, usando el fregadero más rudimentario, eficiente y simpático que jamás he visto. Bendigo la capacidad de asombrarse y todas aquellas cosas que la promueven.

Pues como decía, después de esto terapia en el molino. La terapia, una parte muy importante en mi tratamiento de adicciones, en sí pudo haber sido la terapia de un día cualquiera, aunque era bastante tranquila. Pero tras vaciar un par de piedras de las que llevo en mi saturada mochila y tras escuchar a los compañeros mientras me quedaba aterido de frío, mientras me apoyaba en la pared de piedra, cuya humedad me era compartida altruistamente, metiéndose hasta los tuétanos.

Reparé con mi asombrosa capacidad de abstracción en la mesa de molino colocada en forma de mesa, a través de la cual se podía ver y oír el cauce del río y que poco antes habíamos estado mirando. Pensé que era un objeto mágico, una suerte de instrumento agnóstico que en conjunción con el río, tenía la capacidad de tragarse y llevarse corriente abajo, el peso de las chinas de nuestras mochilas y que la terapia se había vuelto un acto de magia y José Manuel era el propio Yodorosky.

Tenía ganas de ponerme ya la chaqueta porque sentía que esta vez estaba a “espalda descubierta”. Es mi propia variedad de ir “a pecho descubierto”.

Quedan reservados todos los derechos de la frase antes citada. Pero como decía, tenía ganas de decir: “eh! Esperad chavales, vamos a soltar en el ojo de la rueda todas nuestras mierdas y miserias, aquella vez que nos portamos tan mal, aquella vez que nos equivocamos tanto, aquella que la vida se portó mal, aquella vez que queríamos estar muertos,”

Cuando se nos secaron las lágrimas de tanto llorar, cuando no nos reconocíamos en los espejos, cuando en nuestros ojos no había ni un atisbo de vida y cuando en los ojos de los demás solo veíamos tristeza y con miseración.

De verdad pensé en decirlo, pero una vez más decidí no dar más pistas sobre la envergadura de mi locura.

El día estaba llegando a su fin y al subir a la furgoneta pensé que me sentía bien, que el día me había gustado pero que ahora también me apetecía volver a casa.

Creo que es una suerte cuando las distintas cosas que haces te apetecen a su debido tiempo.

Pensé que lo que había vivido ese día había estado bien. Sin ser nada del otro mudo. Me había separado un ratín del rigor de la cotidianidad y del el rigor de mí mismo, enfrascado en esta cotidianidad de una manera sana y que ahora tendría más fuerzas para volver a las mismas.

Había disfrutado modestamente de la compañía de otros, lo cual era impensable un tiempo atrás y cargado un poco las pilas. Un tiempo atrás cuando entendía que nada merecía la pena. Sin heroína realmente nada merecía la pena.

Pero bueno, hay otro derecho que me reservo; me reservo el derecho de llevarme la contraria.

Gracias a Help adicciones y  a mis compañeros de tratamiento, por haber compartido este día, en el cual me he sentido bien y he experimentado sensaciones que tenía en el recuerdo, aletargadas, olvidadas… y que la vida empieza a merecer la pena.

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