ADICCIÓN

 

Es fácil encontrar la definición de adicción, en Internet, enciclopedias… Hay una que a mí me gusta mucho y es la descripción etimológica de la palabra adicción. Viene del latín y es el que era entregado como esclavo al acreedor por falta de pago.

Magnífica definición. El adicto es esclavo de su adicción. No puede desmarcarse de ella por modo propio. Necesita ayuda.

Cuando alguien me pregunta, ¿yo soy adicto?, mi respuesta es clara, tu consumo lo puedes suprimir fácilmente? Si la respuesta es no, ya sabes cuál es tu problema, eres adicto.

Yo desconocía la adicción, teniendo un adicto en casa. Achacaba a las malas compañías, es un vicio, y otras escusas para no entrar directamente en el problema.

Me borré del mapa de la adicción. No quería saber nada. Ya pasará . Si no, que le den por el saco, él lo ha querido así, y si se muere mejor, un problema menos.

Esta era la manera más fácil de escabullirse del problema. Como el avestruz que ante el peligro entierra su cabeza para no sufrir. Pero todo cambió en entregas según os cuento.

 Mi primera fase: “pasar del tema”. Aunque no era claro que lo consiguiese. Seguía durmiendo mal, soñaba con desgracias, esperando que me llamasen del tanatorio o de la comisaría. Luego era buscar culpables. Evidentemente yo no estaba en la lista. Que si los amigos, que si va vestido como va, malos resultados escolares…Es decir él lo ha elegido así. Yo no entraba en la lista, ni mi familia.

Segunda fase: “no es normal”. Su comportamiento ante la vida es anormal. No le importa el aseo, el estar enfermo, sin dinero, sin trabajo, sin estudios, sin un futuro inmediato, solo vive para buscar droga del modo que sea. Esa actitud enfrente a la vida me llevó a la conclusión de la siguiente fase,

 Tercera fase “es una enfermedad”. No podía ser de otro modo. Hay algo en su cuerpo que le empuja a dedicarse plenamente a la droga. Le importa más que alimentarse. No piensa en el futuro solo en cómo conseguir droga. Empiezo a buscar información. Es escasa y de un nivel que no entiendo. Las soluciones que encuentro son escasas y lejanas de mi domicilio. Lo máximo que consigues es una visita cada mes con un psicólogo de adictos en la medicina pública. El enfermo mientras sigue con su consumo y con su actitud pro droga. Desesperante. La pregunta que te haces continuamente y que no obtienes respuesta, a quién acudo, ¿a dónde voy?

Cuarta fase “la llamada”. De mi hija, -papá tu hijo está ingresado en urgencias de un centro psiquiátrico por sobredosis. Ven y haber que podemos hacer. La visita al centro fue espeluznante, de película de miedo. Mi hijo era irreconocible. Delgado, sucio, las pupilas dilatadas, no podía hablar, a duras penas nos reconoció. La doctora que lo atendió, nos dijo que le había dado un calmante de efecto rápido, para bajarlo del estado que vino. Estuvimos esperando la respuesta. Si no recuperaba el conocimiento lo ingresarían. Al cabo de las horas recuperó parte del conocimiento. Se mantenía en pie, nos reconoció pero aún no hablaba más de tres palabras seguidas con orden y con cierta coherencia. Seguía teniendo alucinaciones. Recomendación de la doctora, llévenselo a casa, denle este calmante al llegar a casa. Estará durmiendo más de 30 horas, si se despierta antes le dan otro. Que duerma todo lo que pueda, lleva de fiesta 3 días y sin dormir. Diríjanse al centro de tratamiento de adicciones del hospital de su ciudad. Nos dieron un informe. Respuesta del centro, visita con el enfermo y dan hora cada mes. La llamada real fue la de mi hijo, -papá llévame a un centro que me puedan curar, yo sólo no puedo. La búsqueda del centro fue relativamente sencilla y rápida. Teníamos conocimiento de uno por un familiar que había estado ingresado.

 Quinta fase “el conocimiento”. Una vez ingresado empezamos con las terapias semanales. Escuchando la voz de los familiares (coadictos) con más experiencia y la de los terapeutas. Y viendo los puntos en común que teníamos todos los coadictos, la desesperación. Queríamos encontrar la receta que alejase a nuestros adictos de su enfermedad. Aquí empecé a conocer cómo actúa la enfermedad y sobre todo la confirmación de que es una enfermedad crónica, es decir, que no se cura y que no se puede librar de ella sin ayuda externa. A mí me sirvió para crecer como persona, a madurar, a darme cuenta que mi actitud i comportamiento personal deberían cambiar. Y así fue, gracias a la enfermedad de mi hijo que yo cambié para mejor. Con el tiempo y a base de experiencia pasé a ser coadicto veterano. Gran responsabilidad ya que tenía que dar ejemplo y consejos lo suficientemente efectivos. Tarea nada fácil dado la complejidad de cada caso. Pero en los temas comunes un acierto, cómo aplicar el amor duro, qué tengo que hacer cuando mi familiar esté en casa por alta del centro, qué tengo que hacer ante las demandas del adicto,…. El ejemplo que di fue dejar de consumir. Sí dejé el alcohol y mi casa se ha transformado en hogar sin consumo. El que venga a mi casa sabe que tendrá la oferta más variada de bebidas pero sin alcohol. He ido a bodas, comuniones y celebraciones varias y han sido sin alcohol. Algunos me preguntan tú que eras tan sibarita con el alcohol, ¿cómo es posible que ahora seas abstemio? Muy fácil me solidarizo con el tratamiento de mi hijo, no puedo tener a mi hijo en casa y yo consumir, y, he visto tantos estragos en adictos y como yo no sé si lo soy, he dejado de consumir para no llegar a pasar y ocasionar lo que provoca un adicto.

 Y como última fase “la tranquilidad” de saber que mi hijo está en el camino de la libertad. No depende de una droga. Es feliz porque ha podido vencer la peor batalla que ha sufrido, la de la supervivencia al consumo. Ahora me siento orgulloso de tener el hijo que tengo y darle las gracias a su enfermedad porque me ha transformado en otra persona libre de consumo.

Y como no a sus terapeutas que han tenido la paciencia y la sabiduría de enseñarnos a disfrutar i gozar de una vida sin consumo.

       – Coadicto

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