benzodiazepinas (BZD), sedantes, ansiolíticos o relajantes musculares

Drogas psicoactivas

Drogas psicoactivas

Pasemos a los fármacos. Los más comunes y los causantes de mayores problemas son los de la familia de las benzodiazepinas (BZD). Utilizada habitualmente como sedantes, ansiolíticos o relajantes musculares, se suelen utilizar (se abusa, en ese caso) como remedio contra el insomnio. La industria farmacéutica se empeña en intentar demostrar que la sustancia no es peligrosa, de hecho se receta con demasiada facilidad por parte de los profesionales de la medicina (si quiere hacer una prueba, diríjase a un a unidad de urgencias de cualquier hospital y diga que tiene un ataque de ansiedad). Lo cierto es que el potencial adictivo de las benzodiazepinas es similar al del alcohol. Y no sólo se quedan aquí las similitudes. Los neurorreceptores preferidos del alcohol (aunque en ese sentido es muy inespecífico y el alcohol interactúa con muchos tipos de neurorreceptores), también lo son de las benzodiazepinas con lo que se crean un par de fenómenos interesantes: la tolerancia cruzada y la sinergia supraaditiva. El primero hace referencia a que una persona que ha desarrollado tolerancia a una de esas sustancias, paralelamente lo ha desarrollado para la otra, aunque no la haya probado nunca.

La otra consiste en que ambas sustancias, cuando se mezclan, no suman sus efectos si no que estos son mucho más potentes. Cabe recordar que ambas sustancias son depresoras del sistema nervioso. ¿Pueden imaginar qué ocurre cuando una persona que está desarrollando una adicción al alcohol, por ejemplo, y está todavía en fase de silencio clínico, acude a la consulta de un profesional de la salud y le explica que sufre continuos ataques de ansiedad, stress e insomnio (todos ellos síntomas de la enfermedad de adicción ya que forman parte del síndrome de abstinencia)? La respuesta la encontramos a diario en los centros de tratamiento y en la salas de terapia. Con todo esto no queremos culpabilizar a nadie, ni a ningún estamento; sólo reflejar una realidad, exponer una problemática, para que se empiecen a buscar soluciones.

Hasta ahora sólo hemos hablado de sustancias legales, a excepción del cannabis, que hemos incluido aquí por la baja noción de peligrosidad que genera en la sociedad; veamos que pasa con las ilegales. Como previa, invitamos a una pequeña reflexión: si el trastorno de adicción lo puede inducir cualquier sustancia psicoactiva, ¿cuál sería la que tiene más probabilidades de ser la primera con la que se toma contacto? Luego, si la enfermedad ya está instaurada, ¿qué pasa si se ingieren otras sustancias?. Con todo esto no pretendemos restar importancia a los efectos de las drogas ilegales, si no preguntarnos, a efectos de la enfermedad, qué papel juegan las sustancias ilegales.

Tradicionalmente, la prensa, la literatura, el cine y la TV, han magnificado las consecuencias del uso de estas sustancias creando una leyenda negra alrededor de ellas. Y no es que no sean altamente perjudiciales para la salud, que lo son, lo que ocurre es que produce la sensación de que las sustancias legales o socialmente aceptadas no son tan peligrosas. Y esto es un error gravísimo.

Por poner algún ejemplo, vamos a hablar de la heroína. Se considera una droga peligrosísima, causante de un sinnúmero de desgracias. Lo cierto es que, como sustancia, su poder adictivo es similar al del alcohol, entre un 8 y un 10% de las personas que entran en contacto con la sustancia desarrollan una adicción. Esto parece ir en contra del sentido común, pero hay una cuestión que es importante aclarar. Cuando se dice que la heroína “engancha” inmediatamente a todo el que la prueba, se está explicando una verdad a medias. Esta sustancia provoca enseguida el establecimiento de síndrome de abstinencia, es decir, en ausencia de la sustancia, el individuo experimenta una serie de síntomas físicos que sólo desaparecen volviendo a tomar la sustancia. Es el famoso “mono” o “pavo frío”, como se conoce en el mundo anglosajón.

Drogas y cerebro

Drogas y cerebro

Pero si recordamos lo que explicábamos al principio, se necesita de otro factor para que se establezca dependencia: tolerancia. Y este fenómeno no se da, ni mucho menos, en todos los que consumen la sustancia, con lo cual no se puede hablar de trastorno de adicción. Esto provoca gran confusión ya que hay un sector de población consumidora de este tóxico que sin necesidad de hacer un tratamiento de adicciones, es capaz de abandonar el hábito, e incluso de seguir tomando otras sustancias, sin llegar a desarrollar la enfermedad de adicción. Esto se pudo comprobar a nivel masivo con el final de la guerra de Vietnam. Muchos de los soldados que regresaron, consumieron heroína o derivados durante el periodo del conflicto. La gran mayoría abandonó el consumo a la vuelta, quedando un porcentaje de ellos realmente afectados por la adicción. Desde la observación externa se puede concluir que unos quisieron hacerlo y otros no tuvieron la “fuerza de voluntad” o eran demasiado débiles de carácter para hacerlo, con lo cual se estigmatizó a un colectivo que, simple y llanamente, enfermó por el consumo. Con respecto al síndrome de abstinencia de opiáceos (la heroína, así como la morfina, el fentanilo o la codeína, son productos derivados del opio) también se ha generado un mito que, incluso entre la población consumidora, hace ver el abandono de la sustancia como algo imposible. Lo cierto es que los síntomas de la abstinencia de opiáceos son mucho más leves y llevaderos de lo que se cree y en ningún caso entrañan peligro. Es decir: nadie se muere de un síndrome de abstinencia de heroína, cosa que sí ocurre con el alcohol y las benzodiazepinas, dónde aproximadamente un 20% de las personas que sufren síndrome de abstinencia agudo (delirium tremens) pierden la vida.

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