CONSECUENCIAS ALCOHOLISMO

 

Alcoholismo consecuencias

Alcoholismo consecuencias

Pero aquella parálisis fue una bendición, pues gracias a ella pude salvarme del hospicio y ser internada en un hospital del Estado. Claro. El diagnóstico había cambiado fundamentalmente. Polineuritis. Y en los hospitales normales aceptaban enfermos de polineuritis, pero no borrachos.

Luis y Carlos se encargaron de todo. Me sacaron alzada y Luis prometió dormir en casa todas las noches que le fuera posible, así mi niño Tony no se sentiría tan abandonado como hasta ahora.

Tony. Creo que preferí no despedirme de él. Creo que les pedí a mis hermanos que le explicaran, y la amnesia que recayó sobre el resto del episodio, mis lagunas mentales, ha de haber constituido, sin duda, la defensa que la naturaleza esgrime cuando los acontecimientos sobrepasan el límite de la tolerancia. Porque no recuerdo nada de nada. Solo, y muy vagamente, una cama de barrotes entre varias camas iguales, médicos y enfermeras sin cara. Y paredes. Infinidad de paredes, cuyo color tampoco recuerdo.

Hoy ya entiendo mis olvidos, esas lagunas mentales que de vez en cuando me vienen a mi mente vagos recuerdos.

La silla de ruedas fue el pronóstico más probable; había una posibilidad de recuperación, sí pero muy remota, mejor no ilusionarse.

Eran  las diez de la mañana y los árboles sin hojas se mojaban con la llovizna fina de la que mis ojos no se apartaban.

Hacía cuarenta y ocho horas que no ingería alcohol.

Los médicos parecieron asombrarse ante la serenidad con qué acepté el pronóstico. Claro. Estaban muy lejos de penetrar mi mente, por la que se deslizaba un único pensamiento: “Hace cuarenta y ocho horas que no bebo”.

Yo continuaba mirando la llovizna fina mientras proseguía con mis meditaciones, ajena a la presencia de los médicos y a todo sonido que no fuese el de mi mente. Cuarenta y ocho horas. Poco a poco se irán sumando otras, y luego días y tal vez… semanas. Si consiguiera liberarme. Liberarme del veneno; escapar de la botella, de esas garras que aprisionan cada vez más, que se cierran con una fuerza imposible de vencer. Al tiempo que lentamente van construyendo barrotes, levantando murallas que se estrechan cada vez más.

La silla de ruedas. No me importaba.

Finalmente se fueron, incrédulos ante mi indiferencia frente al destino que me anunciaban. Pero es que ellos no sabían que más allá de aquel destino había otro aguardándome, agazapado. No sabían que yo no era únicamente enferma de polineuritis, no sabían que era una borracha. Y que era preciso que no lo supieran.

Pero aquel ayer estaba aún muy lejos de este hoy. Quedaba un camino largo por recorrer.

Un camino que se recorre muy lentamente. Paso a paso. Y que  con cada paso se ensancha.

B.R.G; sigue sorprendiéndonos, como después de poco más de 3 años de tratamiento, puede expresar e identificar tan fácilmente todas las consecuencias del alcoholismo que le acechaba.

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