Pero veamos cómo fue que, sin percibirlo, fui penetrando en ese “infierno” alcohólico, cada vez más adentro… De bebedor ocasional, me convertí en adicto y luego en bebedor fuerte, entrando en el inevitable etapa por la que pasamos todos los alcohólicos.

Ajustaba mis quehaceres del día a la copa. Buscaba y creaba ocasiones para beber. Por lo pronto, aceptaba cuanta invitación se me hacía, fueran cocktails, reuniones, fiestas, almuerzos  o comidas. Me engañaba a mí mismo diciendo que, por mis negocios, debía concurrir. Si tenía que ver a un cliente, lo invitaba a  almorzar o a tomar “una copa” en mi club o en el bar, en lugar de hacerlo en sus propias oficinas o en las mías. Por supuesto que yo concurría a la cita con media hora de anticipación y me tomaba mi par de copas antes que éste llegara.

Mi intención, aunque yo todavía no lo advirtiera, era poder beber “legalmente”, con motivo. Al finalizar el día, yo había bebido unas copas antes del almuerzo, vino en la mesa, unos licores después, whiskies con otro cliente por la tarde en el bar o con algún colaborador por asuntos de trabajo, otro par de whiskies en casa antes de comer, vino en la comida y algunos cognacs después con algún amigo que venía a charlar (al que yo mismo había sugerido venir a verme).

Si al final de esa noche yo me había emborrachado, no me sentía culpable. Había “trabajado” todo el día, luego, como buen marido y padre, había vuelto a mi hogar a compartir la mesa con mi mujer y mis hijos… Entonces, ¿había algo de malo que hubiese bebido en exceso y que me encontrase algo alcoholizado?

Mi día lo “montaba” alrededor de las copas. Vivía para beber… Decía, honestamente, que los mejores negocios los había hecho entre copa y copa.

Mis hijos, quienes me veían llegar a casa en un estado anormal, lo atribuían a mi intensa y agotadora labor del día. A veces uno de mis socios se animaba a preguntarme: “¿No estás bebiendo demasiado, tío?” Y yo pensaba que tal vez tuviera razón, que tal vez yo estaba bebiendo un poco más de lo debido, pero es que al día siguiente no sentía absolutamente nada; me reponía de una manera asombrosa. Yo mismo me convencía de que el beber estaba dentro del “programa”. Tenía, desgraciadamente, que hacerlo. “¡Gajes del oficio!”

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