ADICCIONES  ALCOHOLISMO

Relato por B.R.G, 1ª parte

El problema de las botellas constituía uno de los más arduos trabajos en mi tarea de beber. Había que arreglárselas para que aquellas no estuviesen a la vista y, aunque parezca mentira, era preciso poner en marcha un funcionamiento de aguzado ingenio.

En mi caso, hubo tres clases de botellas: la vacía y dos semillenas, una de las cuales podía exhibirse con natural soltura, mientras que la otra debía permanecer en la clandestinidad.

De esta manera, podía yo beber de la botella que se mostraba con una moderación aceptable para el mundo, al tiempo que de la clandestinidad extraía las dosis que faltaban para colmar mi necesidad.

La tarea resultaba muy  fatigosa, pues requería astucia y rapidez de movimientos.

El escondite de la botella prohibida variaba según los casos o las personas que estuviesen a mí alrededor. Muchas veces la colocaba en el resquicio entre la heladera y la pared de la cocina, dejando el vaso servido en un estante del armario, pero cuidando de taparlo con una fuente al revés o un paño. Otras, debajo de mi cama o en el botiquín del baño. Este último escondite me resultaba cómodo, pues cada vez que necesitaba del trago oculto no tenía más que ir al baño. Además el baño tenía una ventaja. Podía encerrarme en él sin llamar la atención, circunstancia que no se daba si el escondrijo era en la cocina; nadie se enclaustra a cada momento, por intervalos más o menos cortos, en una cocina chica como era la mía.

Por eso, a no ser que estuviese cocinando, generalmente elegía el baño. Y encerrado dentro de él, yo, “Soledad”, aislado entre las cuatro paredes mudas, me servía apresuradamente el vaso, cuidando de abrir las canillas para que no se escuchara el vertido líquido al derramarse contra los hielos, porque muchas veces debí prescindir de ellos y beber el whisky caliente, hecho que no me importaba, puesto que yo no buscaba el sabor, ni la fragancia, ni la temperatura; solo buscaba el efecto. No era cuestión de andar con exquisiteces.

Agarraba entonces el vaso con mis manos invadidas por una avidez que las hacía apretarse fuertemente contra el vidrio; hasta ellas parecían calmarse.

Y bebía. Bebía con la premura de quien ingiere a hurtadillas un calmante prohibido, un vergonzoso calmante que aportaba, simultáneamente y por partes iguales, una vida súbita y una muerte lenta, circunstancia de la cual no podía,  yo sustraerme. Por eso, no disfrutaba de mi whisky. Había en él demasiada culpa. Nacía con cada trago. Pero también con cada trago moría. Y mi conciencia no se acallaba. Mi conciencia no se acalló jamás.

 

Adicciones hay muchas, pero el alcoholismo es la única que defiende su inmunidad

 

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